
El cronista de noches largas,sin permisos ni perdones, decidió colgar el bombín.
Gustavo VeJoaquín Sabina: el hombre que le cantó a la vida sin pedir permiso

Hay nombres que no necesitan presentación porque habitan directamente en el cancionero de la memoria colectiva. A los 14 años ya lideraba Merry Youngs, una banda adolescente que versionaba a Elvis y Chuck Berry, mientras en su mesa de luz convivían las lecturas de Proust, Joyce y Marcuse con sus propios poemas primerizos. La rebeldía andaluza empezaba a dictar su propio rumbo.
El vendaval de la insurgencia y el exilio
Su juventud fue un torbellino de militancia y transgresión. Enamorado de una joven a la que llamaban “Chispa”, se escapó con ella al Valle de Arán para vivir en una tienda de campaña, huyendo del mandato de un padre notario que no toleraba a un rockero cerca de su hija. Luego vendrían los años universitarios en Granada, el compromiso antifranquista y el definitivo punto de quiebre: en 1970, en señal de protesta por el Proceso de Burgos, lanzó un cóctel molotov contra una sucursal del Banco de Bilbao. La ironía del destino quiso que su propio padre tuviera que firmar la orden de detención.

Sabina no esperó el calabozo. Con un pasaporte prestado cruzó fronteras hacia París y luego hacia Londres, donde habitó la marginalidad de la ocupación, cantó en las entrañas del metro y en tugurios suburbanos, organizó cineclubes clandestinos con films de Luis Buñuel y montó teatro brechtiano. De aquella época sobrevive la leyenda —que él desmiente o confirma según el humor del día— de que llegó a cantarle al mismísimo George Harrison en un bar, despilfarrando las cinco libras de propina esa misma noche.
El regreso y la conquista de Madrid
El destierro concluyó en 1977. Sabina regresó a una España en plena Transición, portando una valija cargada de versos crudos y su disco debut, Memoria del exilio. Un año después editó Inventario, pero fue con Malas compañías (1980) cuando se convirtió en la voz indiscutible y el pulso nocturno de Madrid, legando himnos imperecederos como “Calle Melancolía” y “Pongamos que hablo de Madrid”.
Lo que siguió fue una era dorada de la canción de autor iberoamericana: Física y química, Esta boca es mía, y esa obra cumbre titulada 19 días y 500 noches.
Con más de diez millones de copias vendidas, giras oceánicas por Latinoamérica y alianzas memorables con Joan Manuel Serrat, Andrés Calamaro,Fito Paez o Ana Belén, Sabina se erigió como el cronista mayor del desamor, del vino de madrugada, de las sábanas frías y de los adioses que, de tan poéticos, terminan doliendo bien.

Cicatrices, musas y el refugio doméstico
Su biografía sentimental corrió a la par de su discografía. Estuvo casado inicialmente con la argentina Lucía Correa entre 1977 y 1985. Posteriormente, su larga unión con Isabel Oliart trajo al mundo a sus hijas, Carmela y Rocío. Finalmente, en plena madurez, apareció Jimena Coronado, la fotógrafa peruana que se convirtió en su cable a tierra, con quien contrajo matrimonio en plena pandemia tras más de dos décadas de complicidad. “Los años con Jimena y los años después del ictus han sido un regreso a la vida casera”, reconocería el autor.
Y es que el cuerpo también le pasó factura a tanta intensidad.
En 2001, tras la exigente gira Nos sobran los motivos, sufrió un infarto cerebral leve. Fue el freno de mano definitivo: abandonó la cocaína —“por las drogas solo siento nostalgia”, declaró con su clásica acidez—, atravesó el desierto de una depresión profunda y emergió del otro lado más sabio, acaso más cansado, pero intacto en su lucidez.
Pese a las caídas físicas en el escenario y las laringitis que enmudecieron algunas giras, la pluma nunca dejó de raspar el papel.
El último acorde del Pirata Cojo
El anuncio que sus seguidores temían llegó hace un par de años. Su gira de despedida de los grandes escenarios, bautizada significativamente Hola y adiós tuvo su broche de oro y emoción el 30 de noviembre de 2025 en Madrid.

Hoy, con 77 años recién cumplidos en febrero de 2026, Sabina elige conscientemente la penumbra del hogar: prefiere la calidez de Cádiz en verano, la pintura, la arquitectura perfecta de los sonetos y la paz de la distancia pública. “Ya no quiero ser la persona a la que matan a selfies al salir de casa”, confesó, blindando su derecho a la intimidad, a las sobremesas con sus hijas y a los versos que ya no necesitan el eco de un estadio para conmover.
Joaquín...Joaquinito
Joaquín Sabina jamás persiguió el bronce ni la santidad del mito. Solo pretendió vivir con las luces encendidas, sin domesticar la palabra y exhibiendo las cicatrices como medallas de guerra. Lo logró con creces. Aunque los estadios se apaguen, sus canciones siempre encuentran una rendija. Ahí se quedan, vibrando bajito, bien cerca del corazón y aferradas al alma de los navegantes de noches largas y soledades compartidas.


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