La falacia de la neutralidad

La promesa de una gestión científica y objetiva de la sociedad, oculta un autoritarismo digital que amenaza los cimientos de los principios democráticos.
12/07/2026Gustavo VeGustavo Ve
Dom1
Alianza de intereses: la convergencia entre el anarcocapitalismo local y el poder de las corporaciones tecnológicas globales abre la puerta a nuevos modelos de control social.

En las últimas décadas, un discurso se ha instalado con fuerza en los centros de poder globales: los problemas políticos, sociales y económicos pueden resolverse mediante la gestión puramente técnica, científica y objetiva. La política, ese arte del disenso y la negociación, sería un estorbo para la eficiencia que prometen los algoritmos y los datos masivos.
Sin embargo, cuando esta lógica se radicaliza hasta el punto de vigilar y controlar a la sociedad mediante sistemas digitales automatizados, se transforma en lo que filósofos y científicos políticos denominan tecnofascismo.

Un modelo que, bajo el manto de la eficiencia y la neutralidad, enmascara un profundo autoritarismo.


 El laboratorio argentino: cuando el anarcocapitalismo recibe al tecnofascismo:

Lo que hasta aquí podría parecer una advertencia teórica cobra carne y hueso en el escenario político argentino actual. La reciente presencia del magnate tecnológico Peter Thiel en el país y su explícita sintonía con el presidente Javier Milei no constituyen una mera anécdota diplomática, sino la materialización concreta de la alianza entre el poder tecnológico global y el anarcocapitalismo de Estado.

Peter Thiel, cofundador de PayPal, inversor fundador de Palantir Technologies —empresa especializada en vigilancia masiva y análisis de datos para agencias de inteligencia— y figura intelectual del denominado "tecnolibertarismo", ha sido durante años un crítico abierto de la democracia representativa. En su conocido ensayo de 2009, "The Education of a Libertarian", sostuvo explícitamente que la libertad y la democracia ya no son compatibles. Como financista de proyectos para crear ciudades-estado privadas gobernadas por algoritmos al margen de los marcos legales tradicionales,

 Thiel no llega a la Argentina por casualidad. Al reunirse con Milei y respaldar públicamente su rumbo —afirmando que el mandatario tiene buenas probabilidades de éxito—, parece ver en el país el escenario ideal para sus experimentos de gobernanza posdemocrática.

A diferencia de las estrictas regulaciones europeas en materia de privacidad, el Sur Global se presenta ante estos actores como una frontera abierta; un ecosistema de desprotección legal y normativa laxa donde sería posible extraer, cruzar y monetizar información biométrica y financiera de la población sin rendir cuentas ante ningún contrapeso institucional.

El proyecto anarcocapitalista de Javier Milei propone el desguace sistemático del aparato estatal mediante una "motosierra" regulatoria que elimina ministerios, desregula mercados, flexibiliza derechos laborales y abre la economía a las grandes corporaciones sin mediación pública. La promesa es la libertad individual absoluta; el método, la destrucción de todo contrapoder que pueda interponerse entre el ciudadano y el capital.

La sinergia entre las concepciones de Milei y Thiel, es perfecta y profundamente preocupante. Mientras el presidente argentino elimina al Estado como garante de derechos, la infraestructura tecnológica de Thiel podría aportar el soporte para gestionar la nueva sociedad desregulada.

 Aunque este desembarco corporativo aún no se ha oficializado, traza un rumbo alarmante hacia el escenario advertido por Donatella Di Cesare: una élite digital que, parapetada en la eficiencia técnica, ejercería un control omnímono sobre los recursos naturales —el litio argentino es un botín codiciado— y sobre los datos de la población, sin las trabas de un Estado que pueda mediar o proteger derechos fundamentales.


Este cóctel produce una paradoja irreversible: el anarcocapitalismo, que pregona la abolición del Estado, allana el camino para el gobierno de las corporaciones tecnológicas, que ejercen un poder tan o más opresivo que cualquier burocracia estatal, pero sin transparencia ni posibilidad de resistencia democrática.

La vigilancia ya no necesita justificarse en la seguridad nacional; se justifica en la "optimización del mercado" y la "eficiencia productiva". La exclusión ya no es una política pública debatida; es el resultado automático de un algoritmo de crédito que decide quién accede al sistema financiero y quién queda fuera.

La desinformación ya no es propaganda estatal; es el ruido de fondo generado por redes sociales que segmentan microaudiencias para moldear consensos artificiales.
Argentina se perfila, así, como el primer laboratorio global del tecnofascismo del siglo XXI: un territorio donde la motosierra del anarcocapitalismo desmantela los diques protectores del Estado de derecho, y las plataformas tecnológicas de Thiel amenazan con ocupar ese vacío con su panóptico digital.

«La exclusión ya no es una política pública debatida; es el resultado automático de un algoritmo de crédito que decide quién accede al sistema financiero y quién queda fuera».



 La resistencia como imperativo

Frente a esta ofensiva, la respuesta no puede ser meramente técnica. Como advierte el filósofo Byung-Chul Han en sus análisis sobre la sociedad del rendimiento, la sumisión voluntaria a los sistemas de optimización digital no es menos peligrosa que la coerción explícita. La crítica al tecnofascismo exige recuperar el espacio de lo político, reivindicar el disenso como ejercicio democrático fundamental y cuestionar la pretendida neutralidad de unas herramientas que, in realidad, sirven a intereses muy concretos.


La tecnología no es ni buena ni mala en sí misma; su orientación depende de quién la controle y con qué fines. La discusión sobre su uso no podemos dejarla reservada a una élite de expertos ni subordinada al dogma del mercado absoluto. Debe ser parte del debate público, la deliberación colectiva y la acción organizada desde abajo.
Porque, como señala Di Cesare, "la cuestión no es si la tecnología nos gobierna, sino quién gobierna a través de la tecnología".

Y en la Argentina de Milei y Thiel, esa respuesta empieza a ser demasiado clara.

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La obra de Jarquín Ramírez propone herramientas conceptuales desde la pedagogía crítica para desmontar el gobierno maquínico del capital.

Para Profundizar:

🔺Pedagogía Ludita. Contra la megamáquina educativa del capitalismo digital*Mauro Jarquín Ramírez (CLACSO, Buenos Aires, 2026), donde propone desmontar el gobierno maquínico mediante el cual el capital y el poder buscan legitimar las condiciones de injusticia y desposesión que resultan funcionales a su propia reproducción. El autor sostiene que la pedagogía crítica debe asumir la tarea de alfabetizar políticamente en torno a estos dispositivos, para que la ciudadanía no solo sepa cómo funcionan, sino para qué sirven y a quién benefician.

🔺 Di Cesare, Donatella.  *Tecnofascismo.,Paidós, 2024.
 🔺Han, Byung-Chul. *Psicopolítica.* Herder, 2014.
 🔺Zuboff, Shoshana *La era del capitalismo de la vigilancia.* Paidós, 2020.
 🔺Thiel, Peter. *The Education of a Libertarian.* Cato Unbound, 2009.

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