
Cómo la mayor promesa de infraestructura del Cono Sur se debate entre el desarrollo soberano, la delincuencia organizada y la claudicación del control estatal.
Gustavo VeEn este presente de pantallas frías y mandatos neoliberales, donde el algoritmo nos prefiere tristes, dóciles y aislados, él eligió la intemperie: navegó a contracorriente, con el puño en alto y el pecho abierto.
Su muerte no es un silencio; es un estallido. Una señal de humo en plena tormenta, un fuego que cae sobre el asfalto derretido y nos recuerda que la dignidad no se negocia.

Ojalá ese estruendo haga temblar el suelo en el pogo más grande del mundo. Que las almas desencantadas dejen de ser clientes para volver a ser tribu, y que la orfandad se transforme en baile, en rabia creadora, en un abrazo colectivo e inclaudicable.
Gracias por enseñarnos la dignidad del ruido, Indio.
La fogata sigue encendida.
Hasta siempre.




