El secuestro de los diplomáticos cubanos que selló la alianza entre la CIA, la dictadura cívico-militar y el Plan Cóndor

​El 9 de agosto de 1976, en la esquina porteña de La Pampa y Arribeños, un operativo clandestino arrancó de la historia a Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena Hernández. A medio siglo del hecho, la reconstrucción de su crimen revela los engranajes de una trama represiva transnacional.
18/08/2026Gustavo VeGustavo Ve

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Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena Hernández.
Caía la noche en el barrio de Belgrano cuando el operativo se desplegó con precisión militar. Entre 20 y 30 hombres armados, desplazados en varios Ford Falcon y una ambulancia, cercaron la intersección de La Pampa y Arribeños, a solo 200 metros de la Embajada de Cuba. El objetivo era claro: capturar a dos jóvenes funcionarios de la delegación diplomática cubana, Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena Hernández.

Corría 1976. En Argentina, la dictadura militar instaurada el 24 de marzo ya se encontraba plenamente consolidada en su aparato de control y exterminio, mientras en la región se desplegaba la Operación Cóndor: el sistema transnacional de inteligencia y coordinación represiva diseñado por las dictaduras del Cono Sur para perseguir, secuestrar y eliminar opositores políticos sin reparar en fronteras. Aquel secuestro no fue un hecho aislado, sino una pieza ejecutada en el marco de esa arquitectura del terror.

La conexión internacional del terror y la huella documental de la CIA

​Aunque la ejecución logística en las calles porteñas y el cautiverio estuvieron a cargo del grupo de tareas de la SIDE que operaba en el centro clandestino Automotores Orletti —bajo el mando de Aníbal Gordon—, la articulación intelectual y estratégica trascendía ampliamente las fronteras argentinas. En la trastienda convergían la DINA chilena conducida por Augusto Pinochet (con agentes clave como Michael Townley) y la Coordinadora de Organizaciones Revolucionarias Unidas (CORU), la red extremista anticastrista con sede en Miami impulsada por figuras como los hermanos Novo Sampol y Luis Posada Carriles. La espiral criminal de esta red exhibió su alcance más sangriento en una secuencia fulminante: secuestrados en agosto en Buenos Aires, los diplomáticos precedieron por pocas semanas la mayor masacre del terrorismo anticastrista, cuando el 6 de octubre de 1976 Posada Carriles hizo estallar en pleno vuelo el avión de Cubana de Aviación en Barbados.

​En el centro de esta arquitectura, la relación con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) se articuló a través de canales doctrinarios e informativos documentados. Archivos desclasificados por el gobierno de Estados Unidos y sistematizados por el National Security Archive (NSA) de la Universidad George Washington dan cuenta de que la inteligencia norteamericana tenía conocimiento detallado del funcionamiento del Plan Cóndor y mantenía un flujo constante de informes con las centrales sudamericanas. Asimismo, los operadores anticastristas agrupados en la CORU contaban con un extenso historial de reclutamiento y adiestramiento surgido de la emblemática base JM/WAVE de la CIA en Miami durante los años sesenta. La documentación disponible evidencia cómo este trasfondo operativo permitió a dichos grupos actuar en suelo argentino bajo un marco de impunidad facilitado por la convergencia entre la SIDE, la DINA y la inteligencia hemisférica.

​En las salas de tortura de Orletti se buscó quebrar a Cejas y Galañena para extraer información estratégica. Según consta en cables desclasificados del FBI —particularmente en los informes del agente Robert Scherrer— y en los testimonios incorporados a las causas judiciales por delitos de lesa humanidad, la red represiva montó una campaña de desinformación: enviaron cartas fraguadas y circularon el rumor de que los diplomáticos habían abandonado su misión por propia voluntad para desertar. La firmeza de ambos funcionarios frustró el montaje, y la dictadura optó por su desaparición física.

San Fernando: el hallazgo de la verdad

​Durante más de tres décadas, el paradero de Jesús y Crescencio permaneció oculto en la bruma de la impunidad. Recién en 2012 y 2013, las investigaciones y excavaciones del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) arrojaron luz definitiva sobre el crimen: los restos de ambos diplomáticos fueron hallados en un predio abandonado frente al Canal San Fernando, en la provincia de Buenos Aires. Los secuestradores habían intentado ocultar el delito introduciendo sus cuerpos en tambores metálicos de 200 litros rellenos con cemento y arena, para luego arrojarlos en terrenos baldíos de la zona.

​El trabajo científico devolvió la verdad a sus familias y a la historia oficial de ambos países, demostrando que la coordinación del terror no pudo sepultar la evidencia documental y forense.

Una historia compartida: de la prensa militante a la diplomacia estatal

​Este cincuentenario evoca una trama de lazos políticos y culturales entre Argentina y Cuba que atravesó el siglo XX con dinámicas diversas. La solidaridad nació primero desde las trincheras del periodismo militante y la comunicación popular, expresada en la experiencia de la agencia Prensa Latina impulsada por Jorge Masetti y Rodolfo Walsh tras el triunfo revolucionario de 1959.

​Ese vínculo sociocultural encontró años más tarde su correlato en el plano institucional cuando, en mayo de 1973, el gobierno de Héctor Cámpora rompió el aislamiento diplomático impuesto a la isla y normalizó las relaciones bilaterales, marcando un hito en la política exterior sudamericana.

​Hoy, el crimen de Belgrano une la memoria de Cejas y Galañena a la de los 30.000 detenidos desaparecidos en Argentina. A 50 años de aquella noche, la reconstrucción de los hechos reafirma que la verdad prevalece sobre el aparato del terrorismo de Estado.

​Compañeros Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena Hernández:

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