
De McLuhan a la guerra híbrida.
| Frente a un escenario de guerra híbrida que amenaza las bases democráticas, el análisis teórico debe abandonar la fascinación perceptiva por los dispositivos y retornar a la economía política de la comunicación y a la disputa gramsciana por la hegemonía. |
Es habitual acudir al canon de Marshall McLuhan para explicar la degradación de la conversación pública. Su célebre premisa —el medio es el mensaje— suele citarse como el diagnóstico definitivo sobre la distorsión informativa. Sin embargo, aun cuando lecturas posteriores de la ecología de medios (como las de Neil Postman) incorporaron variables institucionales y culturales, el marco mcluhaniano original prioriza la escala tecnológica, los dispositivos y la alteración de la percepción sensorial. Aplicar esa sola matriz al análisis del cerco político contemporáneo corre el riesgo de reducir una estrategia deliberada de poder a un mero problema técnico o a un efecto colateral de la infraestructura comunicacional.
Para comprender la densidad de la concentración mediática y su capacidad de disciplinamiento sobre los proyectos populares, la caja de herramientas teóricas debe desplazarse de la percepción del dispositivo a la economía política de la comunicación.
| El ahogo de la democracia no es un accidente del canal ni un exceso de estática digital; es un diseño económico y político sistemático. |
La fabricación del consenso y el piso material
Ahí es donde la noción de fabricación del consenso desarrollada por Noam Chomsky cobra centralidad. Lo que la perspectiva técnica definiría como "ruido", Chomsky lo deconstruye como un conjunto de filtros estructurales: propiedad concentrada, dependencia del financiamiento corporativo y alineación ideológica con los sectores dominantes.
Esta dinámica no es una abstracción teórica: tiene matriz jurídica y peso material. En Argentina, la desarticulación de los artículos antimonopólicos de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual mediante el DNU 267/2015 a fines de ese año, o la posterior consolidación de la posición dominante del Grupo Clarín mediante fusiones en telecomunicaciones y medios masivos, no fueron evoluciones tecnológicas neutrales. Fueron decisiones de Estado destinadas a garantizar un blindaje corporativo.
| Cuando la pauta, el espectro radioeléctrico, el papel prensa y las redes de fibra óptica quedan integrados en un mismo conglomerado financiero, el cerco mediático deja de ser una metáfora para convertirse en una aduana material. |
La variante digital: Granjas de troles y guerra híbrida regional
Si la concentración mediática tradicional operó históricamente desde la propiedad de diarios, canales y licencias, la derecha regional ha sofisticado su dispositivo mediante el despliegue de la guerra híbrida. La irrupción de las granjas de troles, los algoritmos de polarización y los laboratorios de intoxicación informativa marca la transición de la vieja editorialización corporativa a operaciones de acción psicológica a gran escala destinadas a incidir directamente en las elecciones, la opinión pública y la gobernabilidad.
El rol de Fernando Cerimedo y su red de plataformas digitales en diversos escenarios de América Latina ilustra la arquitectura de este fenómeno. No estamos ante la democratización descentralizada de las redes, sino ante la profesionalización de escuadrones virtuales financiados para coordinar campañas de demolición reputacional, la siembra sistemática de noticias falsas y el amedrentamiento de actores políticos y judiciales.
| Las granjas de bots y los equipos de troles operan como una infraestructura opaca que altera artificialmente la correlación de fuerzas en la conversación digital. Leído desde Chomsky, el dispositivo actúa como un filtro de quinta generación: ya no solo invisibiliza la agenda popular, sino que fabrica climas de hostilidad social para legitimar persecuciones judiciales y la corrida de los límites democráticos. |
Gramsci y la arquitectura del sentido común
Esta articulación entre medios concentrados y milicias digitales adquiere su dimensión más profunda al cruzarse con el concepto de hegemonía cultural de Antonio Gramsci.
La hegemonía no se sostiene solo mediante la coerción estatal o el chantaje económico directo, sino a través de un proceso capilar en el que la agenda de la derecha regional y del capital financiero —la desregulación, la austeridad y la criminalización de la política— es asimilada por la sociedad como la única realidad técnica objetiva. La granja de troles actúa aquí como la guardia paramilitar de ese sentido común, encargada de patrullar los límites de lo opinable y de encarecer el costo personal de cualquier disidencia.
| Los oligopolios de la comunicación y los laboratorios virtuales no actúan únicamente como herramientas de censura o agitación electoral; funcionan como los principales articuladores del sentido común. |
Del diagnóstico a la disputa real
Sustituir el fetiche perceptivo de McLuhan por el marco de la economía política y la hegemonía transforma radicalmente el diagnóstico. La batalla contra el cerco mediático y la desinformación digital deja de ser una búsqueda de "claridad comunicativa", una apelación a la ética periodística o un intento de competir de manera ingenua contra los algoritmos dominantes.
Se revela, en cambio, como una disputa estrictamente material: el desmantelamiento de las posiciones monopólicas, la regulación sobre el financiamiento opaco de las operaciones digitales, la democratización de la infraestructura de telecomunicaciones y la construcción de medios comunitarios y plataformas soberanas capaces de romper la asfixia y disputar el sentido común.


El panóptico sin contrapesos: la vigilancia algorítmica que consolida el control interno

Estrecho de Magallanes la tensión soterrada en el extremo austral



