
La línea roja de la dignidad de los pueblos.
Digámoslo sin vueltas, aceptemos la caricatura completa si hace falta: Nicolás Maduro es el villano perfecto. Asumamos que es malo, malísimo. Imaginemos, para efectos de la retórica, que posiblenente sea narco y que, en sus ratos libres, se dedique a patear cachorritos indefensos cuando las cámaras se apagan. Es un tirano que habla con pajaritos y, para colmo de males, tiene bigote. ¡Tiene bigote! Más malo que las arañas, sin duda alguna.

Nicolas Maduro,Presidente de la República Bolivariana de Venezuela
Todo esto entra en el terreno de la opinión aceptable,por más disparatada que sea.Asi es "el juego de la democracia". No pasa nada. Los dirigentes políticos, al fin y al cabo, cobran su sueldo (y ostentan su poder) precisamente para eso: para someterse al escrutinio, a la burla y al juicio implacable de la opinión pública,como dijimos, es parte del juego democrático o, en su defecto, del juego mediático.
Sin embargo, empiezan a pasar cosas graves cuando se cruza una línea invisible pero fundamental. El problema surge cuando los deshonestos inducen a los desprevenidos a pensar que esa caricatura, o incluso esa realidad nefasta, justifica una invasión militar a un país soberano.
La trampa de la intervención
Es en ese preciso instante donde uno, casi por reflejo defensivo, corre el riesgo de ponerse en "modo madurista". Pero no se confunda el lector: no se trata de ponerse la camiseta de Maduro ni de caer en el "ismo" de nadie. Se trata, simple y llanamente, de tener un poco de dignidad ante la vida y la historia.
Hay una premisa ética que debería ser inquebrantable: ningún hombre bien parido puede apoyar una invasión imperialista a ningún país y,menos que menos,al propio.
El apoyo a tal atrocidad queda reservado para dos grupos muy específicos: aquellos que ganan algo contante y sonante con el imperialismo, o los idiotas útiles que, incapaces de leer la realidad, se dejan engañar por los poderosos con cualquier cuentito moralista, aceptando ser los bufones de la geopolítica.
Soberanía o nada
Para el hombre de bien, no hay excusas ni pretextos que valgan. La invasión militar extranjera es inaceptable, punto. Los problemas de una nación —sean los que fueren, y aunque sean gravísimos o desgarradores— los tiene que resolver el pueblo de ese país. Son sus dolores, sus luchas y sus destinos los que están en juego.
| Argumentar sobre la crisis política venezolana para concluir que la solución es que los marines pongan su bota imperial sobre el terreno no es un acto de justicia; es cosa de cipayos y sinvergüenzas. |
La falta es aún más grave cuando el que opina no vive en Venezuela. Pedir sangre ajena y destrucción desde la comodidad de la distancia no solo es un error político, es una falencia moral. Aquí no se trata de defender a Maduro, se trata de defender el principio básico de autonomía de los pueblos en la convicción que ninguno es el patio trasero de nadie.
La Doctrina Monroe ya no corre por estás tierras,"América para los americanos" nunca más significará "América para los estadounidenses"



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