
Democratizar la democracia.
Gustavo Ve
Legisladores ante una realidad de subsistencia
​El escenario político actual evidencia una fractura profunda: la desconexión vital entre una élite legislativa de altos ingresos y las urgencias de una clase popular que, huérfana, la pelea día a día. Esta distancia se materializó recientemente en el Senado con la aprobación de la reforma laboral impulsada por la gestión de Javier Milei. El paquete de medidas, que incluye el abaratamiento de las indemnizaciones por despido y la implementación de jornadas laborales de hasta 12 horas, es percibido por diversos sectores como un avance directo contra los derechos adquiridos, priorizando intereses partidarios y sectoriales por encima del bienestar de la clase trabajadora.
| ​El problema central radica en el divorcio vital entre los intereses partidarios,sectoriales y personales de legisladores millonarios y las necesidades cotidianas de una masa popular que lucha por sobrevivir a decisiones que afectan su día a dia |
La democracia secuestrada
No es una simple impresión: las instituciones representativas funcionan con los ritmos y las rigideces de un Estado decimonónico. Mientras la sociedad se mueve con urgencia, la política sigue envuelta en un minué de protocolos agotados, lenguajes crípticos y decisiones que se toman en cuartos cerrados.

​Esto proyecta la imagen de una vida pública convertida en un club exclusivo de y para "los amigos". Es una percepción con base real: mientras se gestionan agendas oscuras, la realidad cotidiana del ciudadano queda en el olvido.
Quienes recibieron el voto y la confianza popular han terminado por desilusionar a un pueblo que cada día se siente más estafado y menos representado por ellos.
Frente a este divorcio, el gesto de renovar las candidaturas en cada elección resulta insuficiente. No se trata de un problema de nombres, sino de estructuras.
La crisis de representación que atraviesa el país no se resuelve con relevos en el cartel electoral; exige, más bien, una mutación profunda del vínculo entre gobernantes y gobernados. |
Urge transitar de una democracia de audiencia —en la que el ciudadano asiste como espectador pasivo al debate entre élites— hacia una democracia de incidencia, donde el control ciudadano no sea la excepción, sino la regla cotidiana.
El riesgo de postergar esta transformación no es menor. Allí donde la representación política se niega a oxigenarse con participación real, el vacío institucional es ocupado por otros actores.
Figuras de orígenes inciertos, que visten su ambición con el ropaje filantrópico y prometen soluciones simples a cambio de una moneda peligrosa: la erosión del orden constitucional. Es el caldo de cultivo perfecto para el desmoronamiento del Estado y la instalación, silenciosa pero efectiva, de mafias que se hacen con el poder del Estado.

Democratizar la democracia no es, entonces, un eslogan ni un ejercicio retórico.En este contexto,es fundamental impulsar la renovación de un sistema judicial monárquico, la elección popular de jueces y fiscales,con mandatos acotados y renovables es una discusión urgente si se quiere fortalecer el sistema democratico.
| Se debe tomar cabal conciencia que el poder delegado es, ante todo, un poder sometido a constante vigilancia popular quien otorga y debería contar con los instrumentos institucionales necesarios para revocar los mandatos fallidos o contrarios a los fines para los cuales fueron electos. |
Solo así el representante público podrá asumir su verdadera naturaleza: la de un servidor, no la de un decorado. La tarea no admite demoras. Porque cuando la representación se vacía de contenido, la democracia no cae de golpe: se desvanece, sin ruido, entre el desinterés, la desconfianza y el autoritarismo.


CUANDO LA POLÍTICA EXTERIOR ES UNA COREOGRAFÍA


Aquella Argentina de la Xenofobia y la Exclusión: la Ley "de residencia"



La doble moral y el apoyo crítico a las movilizaciones antimineras en Uspallata


Francia ejecuta su mayor maniobra militar desde la Guerra Fría.

PAX SILICA Y EL REORDENAMIENTO DEL PODER TECNOLÓGICO

La arrogancia del Poder y el Mandato de la Conciencia.





