No se trata de ignorar la narrativa alarmista que domina los medios, sino de evitar la parálisis que provoca. Los riesgos son innegables: concentración de poder, desplazamiento laboral, sesgos e intoxicación informativa a escala. Sin embargo, reducir la inteligencia artificial a una amenaza es tan estéril como reducirla a una promesa utópica. La historia de fondo es mucho más profunda: la IA está reescribiendo el guion sobre cómo trabajamos, aprendemos y habitamos el mundo.
No asistimos a un colapso; asistimos a una reconfiguración.